Aunque soy una persona con muy pocas reglas y generalmente irrespetuoso de todas ellas, no soy amigo de reproducir en esta bitácora artículos escritos por otras personas, especialmente si los mismos han sido publicados en bitácoras propias.
Contrario a lo que algunos puedan pensar, esta auto impuesta política obedece al hecho de que considero que el objeto de las bitácoras es escribir opiniones personales y que es precisamente esta característica la que diferencia y distingue a este espontáneo medio de comunicación con respecto a los medios tradicionales cuyo objeto es informar sobre lo que escriben y/u opinan otros.
En esta oportunidad sin embargo, tengo que reconocer que no me siento cómodo con la rigidez de mi propia política y que lo sensato es aceptar que las tonalidades de gris intermedias a veces son más ricas que el blanco y el negro de los extremos.
Este es el caso del artículo escrito por un caballero, muy prolijo y entretenido por cierto, que se hace llamar “El Gerente” y que publica una popular bitácora colombiana bajo el titulo “La Verdadera Vida de un Gerente”.
Yo no conocía de esta publicación y me entere de ella a través de “Bruni”; una amiga Venezolana que publica la exquisita bitácora “Cuentos Intrascendentes” que yo tengo por costumbre visitar todos los días.
Pues bien, el señor “Gerente” escribió en su bitácora una carta abierta muy respetuosa, aunque debo reconocer que la misma contiene algunos pasajes algo cáusticos, dirigida a la Sra. Ingrid Betancourt.
En esta carta, el “Gerente” ventila en forma realmente descarnada la frustración y nostalgia de la gente sencilla de Colombia al haber constatado que no obstante todas sus virtudes, la Sra. Betancourt no es poseedora de esa rarísima cualidad que llamamos “grandeza”.
El señor “Gerente” y la gran mayoría de personas que han comentado la carta en su bitácora no reprochan a la Sra. Betancourt el carecer de esta muy elusiva y escasa cualidad pero si dejan constancia de su desilusión y con ello de la angustiosa necesidad que tiene el pueblo colombiano de volver a ser idealista.
De la muda necesidad que tienen de creer y aspirar a que aquellos que de alguna forma u otra han tenido la suerte de una vida acomodada y una educación privilegiada cumplan con inspirar a su pueblo a través del ejemplo.
Contrario a lo que algunos puedan pensar, esta auto impuesta política obedece al hecho de que considero que el objeto de las bitácoras es escribir opiniones personales y que es precisamente esta característica la que diferencia y distingue a este espontáneo medio de comunicación con respecto a los medios tradicionales cuyo objeto es informar sobre lo que escriben y/u opinan otros.
En esta oportunidad sin embargo, tengo que reconocer que no me siento cómodo con la rigidez de mi propia política y que lo sensato es aceptar que las tonalidades de gris intermedias a veces son más ricas que el blanco y el negro de los extremos.
Este es el caso del artículo escrito por un caballero, muy prolijo y entretenido por cierto, que se hace llamar “El Gerente” y que publica una popular bitácora colombiana bajo el titulo “La Verdadera Vida de un Gerente”.
Yo no conocía de esta publicación y me entere de ella a través de “Bruni”; una amiga Venezolana que publica la exquisita bitácora “Cuentos Intrascendentes” que yo tengo por costumbre visitar todos los días.
Pues bien, el señor “Gerente” escribió en su bitácora una carta abierta muy respetuosa, aunque debo reconocer que la misma contiene algunos pasajes algo cáusticos, dirigida a la Sra. Ingrid Betancourt.
En esta carta, el “Gerente” ventila en forma realmente descarnada la frustración y nostalgia de la gente sencilla de Colombia al haber constatado que no obstante todas sus virtudes, la Sra. Betancourt no es poseedora de esa rarísima cualidad que llamamos “grandeza”.
El señor “Gerente” y la gran mayoría de personas que han comentado la carta en su bitácora no reprochan a la Sra. Betancourt el carecer de esta muy elusiva y escasa cualidad pero si dejan constancia de su desilusión y con ello de la angustiosa necesidad que tiene el pueblo colombiano de volver a ser idealista.
De la muda necesidad que tienen de creer y aspirar a que aquellos que de alguna forma u otra han tenido la suerte de una vida acomodada y una educación privilegiada cumplan con inspirar a su pueblo a través del ejemplo.